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Lo decía el bravo Lionel Scaloni, todo
pasión en mitad de la fiesta, con ese sexto sentido que tienen los argentinos
para detectar y apreciar, antes que nadie, los momentos legendarios. «Pasarán
los años y se seguirá hablando de esta final», repetía,
soñador, como si ya disfrutara de antemano de esa nostalgia abrasadora
que es la nostalgia del futuro. Que nadie lo dude. Incluso en noches desatadas
como la del pasado miércoles un chaval de Rosario es capaz de pensar
en sí mismo dentro de cincuenta años y verse paseando con sus
nietos por la ribera del Paraná mientras les cuenta de nuevo la historia
de aquel 6 de marzo de 2002 cuando él y otros diez futbolistas del Deportivo
voltearon al equipo más grande del mundo el día que más
podía dolerle, ché.
Lo cierto es que Scaloni tenía razones para imaginarse dentro de la leyenda.
La de su equipo fue una de las victorias más grandes de la historia del
fútbol español y permanecerá en el recuerdo como un hito.
No es exagerado decir que para el Deportivo va a haber un antes y un después
de este triunfo. Y es que, aunque los gallegos llevaban toda una década
creciendo, todavía les faltaba dar el último paso para certificar
de una vez por todas, de cara a la opinión pública, su mayoría
de edad como club grande: ganarle al Real Madrid en el Santiago Bernabéu.
Lo habían hecho en San Siro, en el Camp Nou o en Old Trafford, pero,
en esta nueva etapa (en los años cincuenta los Pahiño, Arsenio
y demás ya ganaron en casa merengue) les quedaba el coliseo de la Castellana.
Pues bien, ya no les que queda, lo que sirve para oficializar -estos certificados
necesitan la firma de Madrid y ésta no llegó hasta el miércoles-,
una nueva jerarquía en el fútbol español.
En lo estrictamente deportivo, ya no puede hablarse del Real Madrid y del Barcelona,
los mismos clubes que en su día se llevaron a los dos futbolistas más
grandes que ha dado La Coruña (Amancio y Luis Suárez), como los
dos grandes que se reparten en exclusiva el poder. Casi medio siglo después
de que el Athletic dejara de ser el tercero en discordia, el Deportivo se ha
ganado con toda justicia el derecho a ocupar esa vacante.
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La ascensión a la cima del club coruñés ha sido una de
las aventuras deportivas más sugerentes que se han visto nunca en el
fútbol europeo. Su milagro no ha sido tanto el de aparecer como un tornado
en la Liga hace apenas diez años. De eso, de apariciones fulminantes
como la de aquel Superdépor que perdió la Liga en 1994 de la forma
más cruel posible y estrenó su palmarés al año siguiente
con el título de Copa, hay otros ejemplos. El milagro ha sido el de saber
mantenerse arriba, sin perder el sitio, hasta recuperar la Liga perdida y tocar
el cielo del fútbol como lo tocó anteayer.
Poco se puede decir que no se haya dicho de Augusto César Lendoiro, el
gran hacedor de este Deportivo. Su gestión está en entredicho
en lo económico, pero nadie puede discutirle su olfato en lo deportivo.
El gran acierto de este personaje controvertido -¿acaso puede alguien
no serlo llamándose Augusto César?- ha sido el rodearse de dos
técnicos ideales para cimentar su proyecto de equipo sin caer en los
delirios de grandeza que, probablemente, lo hubieran arruinado antes o después:
Arsenio Iglesias y Javier Irureta. Entre ambos, Lendoiro contrató a Toshack,
a José Manuel Corral y a Carlos Alberto Silva. Fueron un paréntesis.
Corral y el viejo profesor argentino duraron un par de suspiros y los únicos
méritos de JB en La Coruña, a parte de una Supercopa, fueron los
birdies que consiguió en el campo de golf de A Zapateira antes de irse
enemistado hasta con las gaviotas de Riazor. Probablemente, ocurría que,
para alcanzar sus metas, el Dépor necesitaba un técnico gallego,
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