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Para un madrileño hijo de gallegos, esto
es como si te preguntan a quién quieres más, si a tu padre o a
tu madre. Son muchos años en Madrid, mil balones regañaos, la
primera visita al Bernabéu, el brillo de la hierba y el olor de los puros.
Frente a eso: los veranos en Galicia, los partidos en la playa, el abuelo que
era socio y aquel penalti de Djukic. Es verdad que este Depor ha perdido el
romanticismo que le daba Arsenio, ya son ricos de aburrir; les pasa como a Zara.
El Madrid no cambia, siempre altivo y chulángano (chulo y zángano).
Estar del lado de los que ganan provoca ciertos complejos imperialistas, pero
como ser del Lacón C. F. pudiendo ser del Percebes F. C. Hasta que te
sale la vena Bin Laden descubres, de repente, que todo lo que parace en contra
de los gallegos está a su favor: la fiesta, el Centenario, el Bernabéu,
la que se puede armar como ganen. Ese puntito sádico es casi irresistible.
Por eso no ves un deportivista con miedo, que han llegado a Madrid como Astérix
a Roma, sólo ha faltado que bajaran por la carretera de La Coruña
con Lendoiro en volandas, galos de Galicia. Hoy sólo me vale un empate
agónico y una prórroga eterna, que algo así debe ser el
cielo, un partido infinito con Paula Vázquez sirviéndote camarones
y bravas y tú sin saber muy bien a quién comerte. Juanma Trueba. AS
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