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Es un fenomenal contraste. De un lado, un equipo concebido
como una agregación de talentos, que han ido poco a poco limando sus
diferencias hasta alumbrar esa especie de milagro ecológico del que brota
el fútbol; pero un fútbol sin dibujo definido, sin simetría,
que desafía el tacticismo. Del otro, un grupo armónico, estructurado
en torno a la segura geometría del cuatro-dos-tres-uno, un armazón
sólido en el que pueden entrar y salir jugadores sin que apenas se altere
el rendimiento del grupo. Dos fórmulas, dos maneras de estar en el fútbol.
Válidas las dos. Pero distintas.
Como distintas son las historias de ambos. El Madrid cumple cien años,
en los que ha hecho leyenda. El Depor le anda cerca, porque va por los 96, pero
casi le podemos ver como un equipo joven porque hace once años vivió
algo así como una refundación. Fue con ocasión de su último
ascenso, después de un periodo en Segunda anormalmente largo en su costumbre.
Pero desde ese regreso decidió quedarse para siempre, y además
en la planta de arriba. Ahora es un igual con el Madrid y el Barça. Gana
títulos y pisa fuerte en Europa.
Y luego, la Copa, primera pieza del triplete al que ambos aspiran. Para el Madrid,
el compromiso indisimulable con su historia, con su día. Para el Depor,
la desventaja de jugar en campo contrario, pero la ilusión de provocar
un Maracanazo que cualquiera envidiaría. El Depor ya sabe que al Madrid
hay que atacarle, que esperarle es lo peor. El Madrid no sabe más que
atacar. Es fútbol a ganar o ganar, sin puntos, sin aplazamientos. Con
todo el sabor clásico y todas las ventajas del momento brillante que
vivimos. Una maravilla.
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