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El buscador de noticias aterriza en el aeropuerto de Alvedro cuando el Deportivo
ya se ha clasificado para su segunda final de la Copa del Rey y dispone de una
semana para encontrar el secreto del éxito. Quiere indagar a toda costa
en la esencia del club, como si la clave del progreso de la entidad blanquiazul
estuviera guardada bajo siete llaves o se debiera al influjo de algún
objeto con propiedades sobrenaturales: un pensamiento parecido tenía
el hijo de Pere Gratacós cuando le regaló a su padre, entrenador
del Figueres, un anillo de Harry Potter.
El informador holandés ha elaborado una lista de personajes con los que
entrevistarse: el presidente deportivista, Augusto César Lendoiro; un
par de pesos pesados de la plantilla, tipo Fran y Mauro Silva; el entrenador
del equipo, Javier Irureta; el escritor Manuel Rivas; el polifacético
Xurxo Souto o el técnico del Superdépor, Arsenio Iglesias. También
estudia la posibilidad de sumarse a los Riazor Blues, la peña deportivista
más animosa, para vivir el partido entre el
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conjunto coruñés y el Villarreal, como un aficionado más.
Todo ello con la legítima intención de divulgar en Holanda la
explosión de un equipo prácticamente desconocido hace una década.
El Deportivo
se asienta sobre una roca, como los percebes de Corme. Pero hace falta la misma
dosis de riesgo que asume cualquier percebeiro de A Costa da Morte para extraer
tan preciado manjar. Cuando Augusto César Lendoiro se hizo cargo
del club en 1988, el Deportivo estaba al borde de la desaparición: la
entidad no sólo acaba de evitar milagrosamente el descenso a Segunda
B, sino que contaba con 600 millones de deuda. Desde entonces, el consejo
de administración ha presentado catorce ejercicios consecutivos con
superávit. El último también fue aprobado por unanimidad
en la asamblea de accionistas celebrada a mediados de diciembre: de entre la
veintena de preguntas o recomendaciones planteadas por los socios, ni una sola
se refería al balance o afectaba a la estructura
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