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El vestuario, ese territorio sagrado en el que las cámaras y los extraños son mal recibidos, ha quedado en silencio. Los jugadores se cambiaron hace unos minutos y ya corretean sobre el césped. Como siempre, regresarán sudorosos y cargados de impresiones. Es el viejo ritual de cada entrenamiento y de cada partido.
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Estudiantes de inglés, simpatizantes autóctonos, hijos de la diáspora... la afición en territorio foráneo es un armazón sociológico heterogéneo y animoso. Es fácil identificarse con el club de una ciudad en la que nadie es forastero.
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