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POR ENCIMA DEL PENALTI
Por Carlos Luis Rodríguez. El Correo Gallego
En sus siempre suculentos estudios sobre la globalización, Guillermo de la Dehesa nunca ha incluido al Dépor. Debiera hacerlo algún día porque el caso del equipo de Lendoiro es un ejemplo de mundialización bien aprovechada. Responde en la práctica a muchas de las preguntas teóricas que se hacen sobre el asunto. ¿Beneficia lo global a países o economías de pequeña dimensión? ¿Es sólo una plataforma para que las multinacionales clásicas devoren más mercado?
La eclosión deportivista coincide precisamente con la apertura de los mercados. El club es algo mediocre durante la autarquía franquista, y se dispara con la era de la globalización. No se pueden olvidar desde luego otros factores, como la propia gestión de Augusto César, la capacidad de sus ojeadores, o la respuesta de una ciudad encantada de encontrar un símbolo triunfador.
Sin embargo, todo eso se apoya en la abolición de fronteras, con el consiguiente nacimiento de equipos-ONU que agrupan a jugadores procedentes de todos los rincones del mundo. El fútbol refuta la teoría de que el proteccionismo defiende al país, región, empresa o club débil. Al contrario: los castiga, los condena a mantenerse en una prolongada situación de subsidiariedad.
Lo global no garantiza el éxito; abre posibilidades. Así, por ejemplo, si en los viejos tiempos la compra de estrellas estaba restringida al Madrid y al Barça, ahora en el comercio pueden participar casi todos. Sucede como en los hipermercados, donde el comprador dispuesto a gastar poco siempre puede encontrar ofertas y oportunidades. No es otro el método con que se van formando las plantillas deportivistas. Ofertas y oportunidades. El Dépor rehabilita jugadores que parecían estar en el ocaso,
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inyecta ilusión a otros que se deprimían en los banquillos de clubes de alta alcurnia, y hace con todos ellos una Legión de novios del gol.
El método no difiere del seguido por multinacionales galaicas que se desarrollan asimismo gracias a la globalización. Los jugadores equivalen a la materia prima textil o pesquera, y el estilo de juego, a la cultura empresarial. Tanto el Dépor como Pescanova o Zara buscan y encuentran eso que los expertos llaman, con ciertas reminiscencias fúnebres, nichos de mercado, o sea, esos espacios que las grandes empresas y equipos han menospreciado en sus estudiadas estrategias.
Pensarán ustedes que esta reflexión es el consuelo que encuentra un deportivista entristecido tras la derrota en la Champions. Pues en parte es verdad, qué quieren que les diga. Sería injusto que un penalti hiciera olvidar todo el significado futbolístico y extrafutbolístico del Dépor. Hay un sueño que se desvanece con el pitido final de Pierluigi Collina, pero también una realidad que persiste a pesar de la eliminación.
Esa realidad habla, como decíamos, de una empresa deportiva que saca ventaja de la globalización en vez de acoquinarse ante ella. Esa realidad dice que el mismo equipo multinacional y pluriétnico que se pasea por los campos de España y Europa, no pierde arraigo alguno con su entorno.
He ahí un dato inapreciable. Siendo un equipo de altos vuelos, el Dépor de Lendoiro nunca olvida dónde tiene su pista de despegue y su lugar de aterrizaje. Gracias a ello, el equipo no se convierte en un ente extraño para la gente que suspiraba hace años, muy pocos, por el ascenso. Esos mismos aficionados que sufrían en el partido con el Éibar, siguen sintiendo que el club que doblega al Manchester o baila al Madrid es de casa, de la familia, algo nuestro. Es un sentimiento que está por encima del penalti.
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