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 Fran, el capitán en familia
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El gran capitán

Como un poema de Walt Whitman –“¡Oh capitán, mi capitán”–, Francisco González Pérez es nuestra maravillosa ofrenda al mundo. Destila fútbol del bueno con pie izquierdo, maña de artesano licorero de Tennesse y turba de Ribeira. Lleva diecisiete años asistiendo religiosamente a los oficios de Riazor con su mejor traje, y reza el padrenuestro viejo antes de cerrar la puerta del vestuario. Aún no acaba de recitar En el nombre del padre y el contrario ya carga con la penitencia de tres amagos y una sotana.
  Posee el fútbol de Fran el aura misterioso de las antiguas recetas de monasterio. Ni qué decir tiene que sus fintas endulzan como tocinitos de cielo o yemas de Toledo. Fútbol en estado puro bajo custodia de siete llaves. Fran es el prior del recorte milimétrico, el cofrade mayor de la diagonal etérea y el abad de nuestro templo a orillas del Atlántico. Un guardián de la herencia que le transmitieron sus hermanos mayores Chacho, Amancio y Luis Suárez.
  A sus 34 años recorre el callejón del 10 con la elegancia paternal de Spencer Tracy. Aunque él lo niegue con generosidad cristiana, durante años ha tenido que soportar a los zagueros más duros del país, desde secantes sin piedad en busca de otra muesca en el revólver a laterales barbilampiños dispuestos a desenfundar por un puñado de segundos en Estudio Estadio. Y él siempre se ha levantado con resignación benedictina y cara de Billy El Niño, o mejor dicho, Billy O Neno.
  No conozco un solo lateral izquierdo que no haya descubierto los secretos de la banda o no haya saboreado las mieles de la internacionalidad jugando a su lado. Como buen cristiano prefiere dar el pase a meter el gol y hay quien sostiene que tanta caridad le ha privado de ser el mejor futbolista español de todos los tiempos.
  Su posición futbolística ha ido deslizándose del centro-izquierda al centro-reformista porque, en la carrera de la vida, la línea de fondo tiende a confundirse con la raya del horizonte. Aún así, quisiéramos que su fútbol durara eternamente.
  Cada asistencia suya suena como un solo de trompeta de Dizzy Gillespie en el Cotton Club. Pero cuando el público de Riazor grita enfervorizado “¡Francisco, Francisco!” es como si el respetable lanzase el sombrero al viento y le hiciese una reverencia a su señor: “¿Desea alguna cosa Don Francisco? Quedo a sus pies”.


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